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3 de enero de 2013

La sobresaliente mediocridad

Me gustaría empezar el año con literatura; no es que sea lo que se dice una rata de biblioteca, pero disfruto leyendo (incluso cuando me quedo dormido mientras lo hago).

Desde que abrí el libro Bajo las ruedas (1906) de Hermann Hesse y comencé a leer las primeras palabras se me puso una sonrisa en la boca que no se me quitó hasta un par de páginas más adelante, momento en el que termina con esta descripción de alguien normal, con una familia normal y que vive en un pueblo normal:

Herr Joseph Giebenrath, comisionista y agente comercial, no se destacaba de sus conciudadanos por ningún mérito o singularidad. Tenía, como ellos, una figura maciza y sana, un mediano talento para el comercio, unido a una profunda y cordial veneración por el dinero, además de una pequeña casa con jardín, un panteón familiar en el cementerio, una religiosidad un poco racionalista y algo inconsciente, un razonable respeto de Dios y de la autoridad y una sumisión ciega a los férreos mandamientos del decoro burgués. Acostumbraba a beber algunas veces, pero jamás se emborrachaba, y aunque emprendía, de pasada, algunos negocios no libres de reproche, nunca los llevaba más allá de lo permitido formalmente. Maldecía por igual a los míseros que mendigaban una limosna y de los potentados que hacían ostentación de su riqueza. Era miembro de una sociedad burguesa y ciudadana y tomaba parte cada viernes en los juegos de bolos, cuidando de elegir con cautela el momento propicio para cada jugada. Su vida interior era la del pequeño burgués. Lo que quizá poseía de corazón se había empolvado hacía tiempo y no consistía más que en un vago y tradicional sentido de la familia, un orgullo por su hijo, y un ocasional impulso de socorrer a los pobres. Sus facultades intelectuales no iban más allá de una innata y rigurosamente delimitada astucia y habilidad en las cuentas. Su lectura se reducía al periódico y, para satisfacer sus necesidades culturales, bastaban la representación anual de aficionados a cargo del “Círculo” y, de vez en cuando, la visita a un circo. Podría haber cambiado su nombre y domicilio con cualquier vecino, sin que nada se hubiera alterado.

Como digo, me pareció una maravilla desde que empecé a leerlo, hará unos tres años, y, de vez en cuando, aún recurro al libro para reírme con esta genial descripción de una persona puramente normal. No sé si estaréis de acuerdo conmigo con esta calificación que hago, pero, de cualquier manera, no dejéis de leer esta novela que reflexiona sobre las costumbres, la juventud, las expectativas de futuro y la educación, todo ambientado en un pueblo alemán de principios del siglo vigésimo. Y, de paso, no desperdiciéis cualquier cosa que caiga en vuestras manos de Hermann Hesse, yo no lo haría.

Hesse pintando

2 comentarios:

Lucía dijo...

Bajo las ruedas ... ¡Me lo apunto! :)

Kiüs dijo...

No esperaba menos de ti ;) También te lo puedo dejar jeje