Una especie de goteo incesante sonaba en el altillo del armario. Eran eso de las cuatro y veinte de la madrugada. El murmullo del ventilador se escuchaba en el piso de abajo calló de pronto y el goteo adquirió más presencia, a pesar del sempiterno tic-tac del antiguo reloj de su abuelo. Aparte de eso, el silencio. El silencio acompañado de su fiel amiga, la noche.
Persianas bajadas, puertas cerradas y la leve luz de un pequeño flexo eran sus compañeros en ese momento.
Sonrió.
Se levantó de su butaca y encendió su tocadiscos.
«Total - pensaba mientras tanto -, los ruidos sospechosos sólo son peligrosos en las películas».
Parece que ese extraño goteo le inspiró. Al fin se sobrepuso a los consejos de su inseparable compañera Pereza e hizo el esfuerzo de poner a reproducir ese disco que adquirió tiempo atrás. ¡Ay, Pereza, en todos presente y por nadie querida!...
El sonido fluía a bajo volumen (para no molestar a los sumisos vecinos que duermen a la hora que está bien vista) y alguien gritaba al otro lado del altavoz. Le gustaba.
El goteo dejó de oírse.
«¿Ves? - pensó - Un bicho maligno no se va por las buenas, así que no hay que preocuparse por una soplapollez».
Se relajó (aún más, si cabe) y se puso a ojear sus notas. Se aproximaban las cinco de la mañana, tenía sueño, pero no quería dormir. Le gustaba la noche, pero, por mantener sus preciadas aunque escasas posesiones, tenía que apechugar y adaptarse a las largas jornadas de sol, las cuales combatía con unas discretas gafas oscuras.
Disco rallado.
Por unos segundos volvió el goteo.
«Da igual».
Oscuridad.
Se ven chispas y aparece una pequeña llama. Con la misma cerilla encendió una pipa de madera y un cirio usado, mientras sonaban las campanas del reloj.
Volvió la música a su estado original.
A la luz del fuego y pensando en la cama, reflexionaba sobre su situación: corta edad, siglo vigésimo primero y costumbres chapadas a la antigua. Lo sabía y no le importaba. Andaba por la calle mirando al suelo siempre y notaba las miradas de desprecio hacia su persona. Pero una sonrisa de oreja a oreja iluminaba su rostro, más aún con gente a su alrededor; no por hacer ver lo buena persona que era, que lo era. No. Sonreía porque sabía que era superior a ellos...y ellos no tenían ni idea...
«Ilusos...», se dijo entre suaves carcajadas.
Pero su regocijo no duró mucho. Nunca le duraban mucho sus sensaciones, fueran del tipo que fuesen.
La cara y la cruz de saber un secreto de libre acceso del que muy pocos se dan cuenta de que está ahí: la vida no importa más que una piedra.
Pero sonreía, aun así, cual Buda.
Tras el humo, acertaba a ver su magnífica biblioteca, situada frente a su cama. Leídos todos los libros de la primera a la última letra. Autores a los que odiaba, autores a los que adoraba, autores a los que una vez siguió ciegamente y acabaron produciéndole cierto desengaño,... En fin, toda clase de libros y de géneros literarios, y todos leídos al menos una vez. Y cómics. Le gustaba el dibujo más que la lectura y, en consecuencia, adoraba los cómics. No le hacía ascos a nada. Todo el arte le fascinaba y todas sus manifestaciones practicaba (no en vano mostraba con orgullo en su salón un título de licenciatura en Bellas Artes).
Pero, si había algo que le ocupara más tiempo, era la música. Desde los tres años observaba con fascinación a su bisabuela tocar un piano de cola precioso, en su familia desde hacía generaciones. Murió tras enseñarle todo lo que sabía. Nunca dejó de tocarlo. Se relajaba sintiendo el tacto de las teclas en la yema de sus dedos. Acabó comprándose un pequeño teclado electrónico; no era lo mismo, pero podía conectar los auriculares y no molestar a los demás, ya que siempre tocaba un poco antes de dormir, todos los días.
Le dio la vuelta al vinilo y decidió ponerle un broche de oro a su día de satisfacciones (no se sentía tan libre como ese día desde hacía mucho; se organizó tan bien que incluso logró terminar esa figurilla de barro que tantas semanas llevaba a medias), así que sacó su teclado, se puso sus auriculares y comenzó a tocar a dúo con la música que llenaba la habitación.
Acabó la canción y su sonrisa iluminaba más que la llama del cirio.
Soltó el teclado y volvió a la pipa.
Esta vez echó un vistazo a su escritorio, sobre el que descansaban muchas páginas, tanto escritas como en blanco, con una magnífica y elegante pluma estilográfica.
El pestañeo cada vez se hacía más habitual.
El humo inundaba la habitación.
Se acomodaba tímidamente entre las sábanas.
Calor.
Se movía.
Ojeaba la habitación entera observando con todo el detenimiento que sus ojos cansados le dejaban su modestas obras de arte.
La última imagen que tuvo de esa turbia habitación fue la de un libro con el lomo en blanco. Un libro de su propia cosecha. Y se fue finalmente con Morfeo.
El cirio se mantuvo encendido...cayó y prendió las cortinas.
Dicen que el fuego purifica. Pues su hogar se purificó.
El viejo reloj de madera nunca terminará de dar las siete campanadas.
El incendio estuvo controlado demasiado tarde.
Cenizas.
Ruinas.
En la negra y chamuscada cama, un cuerpo inerte. Se atinaba a ver una sonrisa en la cara. Su imborrable sonrisa. Su expresión parecía estar a caballo entre un "¡Qué desgracia!" y un "¡Qué más da!".
La señorita Hipocresía pasó por allí y se quedó a ver qué sucedía. Nadie llamó nunca a la puerta del primero ce, pero todos hablaban maravillas del desgraciado cadáver... No deja de ser curioso que el vecindario sepa todos los detalles de la vida de un recién fallecido.
Al día siguiente, sus familiares hicieron el reconocimiento de turno y mandaron incinerar el cuerpo. Dulce ironía.
Nunca se tomaron en serio esos comentarios de dejar su cadáver en algo parecido a esas torres del silencio de los mazdeístas.
Pero ya todo terminó.
Ya su amigo Viento no volvería a tratar de arrebatarle sus lunares.
Ya su querida Lluvia no volvería a mojarle su ropa, siempre oscura.
Ya su tocaya la Luna no volvería a iluminarle su tez blanquísima.
Sus ojos se apagaron.
Murió como habría querido: contenta, sonriente, realizada artística e intelectualmente y más sola que la una.